La Gran Madre. Una fenomenología de las creaciones feneminas de lo inconsciente
"...el arquetipo es un motivo mitológico y que poseedor de una <<presencia eterna>> como contenido de lo inconsciente colectivo -común a todos los seres humanos- puede hacer acto de presencia tanto en la teología egipcia como en los misterios helenísticos de Mitra, tanto en el simbolismo cristiano de la Edad Media como en las visiones de un enfermo mental de nuestros días.
El arquetipo no es sólo una dynamis, una fuerza rectora que, como en la religión, influye en la psique del hombre, sino que se corresponde también con una <<concepción>> inconsciente, con un contenido. En la imagen simbólica del arquetipo se da a conocer una relación semántica que sólo puede ser aprehendida conceptualmente con gran esfuerzo por una consciencia desarrollada. Debido a ello, la siguiente afirmación de Jung puede serle aplicada todavía a la consciencia de nuestros días: <<El mitologema es el lenguaje verdaderamente propio de estos procesos psíquicos, y ninguna formulación en conceptos puede alcanzar, siquiera de forma aproximada, la riqueza e intensidad expresiva de la imagen mítica. Se trata de imagenes originarias, cuyo mejor y más acertado vehículo de expresión lo constituye por dicho motivo un lenguaje de imágenes>>. Este <<lenguaje de imágenes>> es el lenguaje del símbolo, el lenguaje original de lo inconsciente y de la humanidad.
(...) el hombre primitvo -y como él, el niño- se apercibe del mundo <<mitológicamente>>, es decir, experimenta casi siempre el mundo acuñando imágenes arquetípicas que proyecta sobre él. En lugar de la realidad objetiva de su madre personal, esta mujer determinada, individual e histórica en la que su madre se convertirá para él cuando su consciencia y su yo se hayan desarrollado, la primera experiencia que el niño tiene de la madre es la del arquetipo de la Gran Madre, la realidad de un todopoderoso ser femenino numinoso del que él depende por entero. Del mismo modo, el hombre primitvo no tiene experiencia, como el actual, de <<estados atmosféricos>>, sino de poderes fatales divinos o semidivinos de los que depende su destino y cuya conducta está relacionada con la suya de manera irracional, mágica o ético-religiosa. Piénsese, por ejemplo en la lluvia y en su significado, con frecuencia de vida o muerte, para la fertilidad de las cosechas. Oraciones y procesiones encaminadas a hacer caer la lluvia, etc.., siguen siendo todavía hoy una expresión de esa mentalidad que se apercibe de los fenómenos mitológicamente y que gobernó casi por completo la vida de las culturas primitivas.
En sus inicios, la vida humana está determinada en un grado mucho mayor por lo inconsciente que por la consciencia, es gobernada más por imágenes arquetípicas que por conceptos, más por instintos que por decisiones voluntarias del yo, y el ser humano es más una parte de la unidad de su grupo que un individuo dotado de singularidad. Del mismo modo, el mundo que él vive en los inicios no es un mundo contemplado por la consciencia, sino experimentado por lo inconsciente. En otro términos, el ser humano no se apercibe del mundo valiéndose de las funciones conscientes, como un mundo objetivo que presupone ya la separación de sujeto y objeto, sino que lo experimenta mitológicamente, en imágenes arquetípicas, en símbolos. Estos símbolos son una expresión espontánea de lo inconsciente, con cuya ayuda la psique se orienta en el mundo, y a la vez los motivos mitológicos que configuran las mitologías de los diferentes pueblos.
Tal cosa significa que los símbolos no están relacionados con el yo individual, como las funciones conscientes, sino con la totalidad del sistema psíquico que comprende consciencia e inconsciente. (...)
-La estructura del arquetipo pags. 29, 30 y 31-
La Gran Madre - Erich Neumann
Editorial Trotta, Madrid, 2009