La otra canción del baile

Publicado en por Manuel J. Moreno

Acabo de mirarte a los ojos, mi vida, y he visto en tu oscura mirada centelleos de oro; ante tal voluptuosidad mi corazón se ha detenido. He visto brillar una barca de oro sobre aguas tenebrosas, que se mecía, hundiéndose e inundada, lanzándome señales. Lanzaste una mirada a mis pies ansiosos de bailar: una mirada inquieta, sonriente, inquisitiva, insinuante. Por dos veces tan sólo agitaste tus crótalos con tus manos pequeñas, pero ha bastado para que mis pies comenzaran a moverse con ansias de bailar. Se irguieron mis talones, los dedos de mis pies prestaron atención para poder oírte, porque quien baila tiene oídos en los pies. Salté a tu encuentro, más tu retrocediste y escapaste de mí. Llamearon las lenguas de tu cabello suelto dirigidas a mí, cual serpientes que huyeran. Me retiré de un salto de ti y de tus serpientes; entonces te paraste y dándote la vuelta me miraste con ojos anhelantes. 

Con miradas sinuosas me muestras caminos tortuosos, por donde mi pie aprende a andar con mucha astucia. Te temo si estás cerca; te quiero si estás lejos; me atraes al escapar, y el buscarte me hace detenerme; estoy sufriendo mucho, pero ¿qué no he sufrido muy gustoso por ti? Tu frialdad me entusiasma, tu odio me seduce, tu huida me aprisiona, tus burlas me conmueven. ¿Quién no te va a odiar con lo atractiva, tentadora, inquisitiva, y descubridora que eres? ¿Quién no te va amar, pecadora, inocente, impaciente, rápida como el viento, de ojos infantiles? (...)

(...) Dicho esto, miró la vida hacia atrás y en torno a sí, y continuó en voz baja: <<Tú no me eres lo bastante fiel, Zaratustra. No me quieres tanto como dices; sé que piensas dejarme muy en breve. Hay una vieja campana muy pesada que retumba de noche, y su sonido llega hasta tu cueva. Cuando la oyes dar la hora en plena noche, de doce a una, yo sé, Zaratustra, lo que acude a tu mente: sé que piensas que pronto vas a abandonarme.>>

<<Sí -contesté titubeante-, pero también sabes esto>> Y le dije algo al oído, a través de su pelo despeinado, amarillento y encrespado. <<¿Tú sabes eso, Zaratustra? ¡Pero si nadie lo sabe!>> Nos miramos el uno al otro, y, contemplando el verde prado sobre el que empezaba a correr el fresco del crepúsculo, nos echamos juntos a llorar. Pero en aquel momento sentí que quería a la vida más de lo que nunca había querido a toda mi sabiduría.

 

Así hablo Zaratustra

 F. Nietzsche

 

She2

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