flechas que hacen diana...
El retorno a casa
-Así habló Zaratustra-
Friedrich Nietzsche
(...) En ser indulgente y compasivo estuvo siempre mi máximo peligro; y todo ser humano quiere que se sea indulgente con él y se le sufra.
Reteniendo verdades, garabateando cosas con mano de necio, con un corazón chiflado, y echando numerosas mentirillas de compasión: así he vivido yo siempre entre los hombres.
Disfrazado me sentaba entre ellos, dispuesto a conocerme mal a mí para soportarlos a ellos, y diciéndome gustoso: <<¡tú, necio, tú no conoces a los hombres!>>
Se desaprende a conocer a los hombres cuando se vive entre ellos: demasiado primer plano hay en todos los hombres, -¡qué tienen que hacer allí los ojos que ven lejos, que buscan lejanías!
Y cuando ellos me conocían mal: yo, necio, los trataba por esto con más indulgencia que a mí mismo: habituado a la dureza conmigo y a menudo vengando en mí mismo aquella indulgencia.
Acribillado por moscas venenosas y excavado, cual la piedra, por la maldad de muchas gotas, así me hallaba yo sentado entre ellos y me decía además a mí mismo: <<¡inocente de su pequeñez es todo lo pequeño!>>
Especialmente aquellos que llaman <<los buenos>>, encontré que ellos eran las moscas más venenosas de todas: clavan el aguijón con toda inocencia, mienten con toda inocencia; ¡cómo serían capaces de ser justos conmigo!.
A quien vive entre los buenos la compasión le enseña a mentir. La compasión vicia el aire a todas las almas libres. La estupidez de los buenos es, en efecto, insondable.
A ocultarme a mi mismo y a ocultar mi riqueza -esto aprendí allá abajo: pues a todos los encontré todavía pobres de espíritu. Ésta fue la mentira de mi compasión, ¡el saber acerca de todos, -el ver y el oler en todos qué cantidad de espíritu les bastaba y qué cantidad de espíritu les resultaba demasiada!
A sus envarados sabios: yo los llamaba sabios, no envarados, -así aprendí a tragar palabras. A sus sepultureros: yo los llamaba investigadores y escrutadores, así aprendí a sustituir unas palabras por otras.
Los sepultureros contraen enfermedades a fuerza de cavar. Bajo viejos escombros descansan vapores malsanos. No se debe remover el lodo. Se debe vivir sobre las montañas.
¡Con bienaventuradas narices vuelvo a respirar libertad de montaña! ¡Redimida se halla por fin mi nariz del olor de todo ser humano!
Cosquilleada por agudos vientos, como vinos espumeantes, mi alma estornuda, -estornuda y grita jubilosa: ¡he sanado!
Así habló Zaratustra